Municipalidad de Federal



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Un relato / TE CUENTO FEDERAL

Antonio E. Silveyra | viernes, octubre 23, 2020 |

Mecerse invita a dormir o… a recordar, con los ojos entrecerrados por donde pasa una velada pero vívida película con colores, olores, sonidos y emociones. La película ocurre en un pueblo llamado Federal, por las décadas de 1950 y 1960. Un pueblo joven de apenas 70 años, los que hoy tengo. La etapa de la vida ¡la infancia! Los primerísimos años en la casa: papá empleado de una dependencia ferroviaria, mamá, la modista del barrio, un hermano mayor y una hermana menor nacidos entre los años ’49 y ’52... misma infancia, mismo lugar. ¡Casi lo olvido! Los abuelos paternos, llegados del distrito Diego López en 1925 con mi papá niño a comenzar la primaria. ¡Acción! Los días lluviosos de la primera infancia transcurrían en la casa, mucho con los abuelos, ¡la gran aventura!, cruzar el patio y llegar a la casa de los abuelos, ya muy viejos; la abuela, dueña de la voz de los relatos, de su vida en el campo, creencias, sucesos y aquélla copla que después encontré en un libro como popular y anónima. Acomodados en asientos bajos fabricados artesanalmente. 


La abuela desplegaba en su falda una blanquísima toalla (de granité) donde envolvía el tejido al crochet del momento: Comenzaba la copla, con rima, y el tejido: -“Vamos al baile, dijo el fraile”/ “Queda muy lejos, dijo el conejo” “No tengo ganas, dijo la rana”- … y así, agregábamos animales en rima, el viento llamaba a ventanear. Hacia el norte había una formación de siete gigantes ruidosos, seis eucaliptus y una casuarina, la mas ruidosa cuando había viento. Cuando llovia, la calle se transformaba en barro negro y charcos. Si había que ir al hospital, que estaba muy lejos de nuestra casa, llamaban a don Brito, que tenia un carro encapotado. Con buen tiempo venia don Amarillo en su Ford A, que ese era el “auto de alquiler”. Con el tiempo también pudimos ampliar nuestro campo de acción en el barrio. Pueblo Alegre era por esos años, muy importante por la actividad que se desplegaba alrededor del ferrocarril. 

Teníamos todo, eramos un pequeño pueblo, dentro de otro mas grande. En instituciones; policía, iglesia, estafeta de correos, biblioteca (de la unión ferroviaria), dos clubes (Talleres y Ferrocarril), estación ferroviaria, sala de primeros auxilios del ferrocarril con enfermeros, medico clínico y odontólogo, y… lo mas importante para agrandar el panorama ¡dos escuelas! nombradas por nosotros, como escuela chica y escuela grande: Escuela Provincial N°59 “Justo José de Urquiza” y Escuela Nacional N°164 “Sabá Victoria”. Nuestros días de infancia (a los 6 años) comenzaban a las 7 de la mañana, desayuno apurado y peinado con moños. 

A las 7:40 h llamaba la campana de la escuela, como si nos abrían las gateras: beso y salíamos disparados, es que en la esquina nos encontrábamos con los primeros vecinos y las señoritas que llegaban en el tren desde Concordia, y en dulce montón marchábamos por la Güemes hacia el este, a la escuela grande; en el portón, Anita Iglesias, la portera, nos recibía: – Buen día, buen día, entrando, entrando-. Saludábamos y nos dirigíamos hacia el patio hasta las 8 h, campana corta, maestras al frente, niñas, niños, por estatura y separados según el largo del brazo extendido, tocando apenas el hombro del compañero de adelante, firmes, bandera subiendo lentamente al compás de nuestro: Salve Argentina, /bandera azul y blanca, jirón del cielo / en donde impera el sol… Las aulas eran amplias y luminosas, en el fondo, los percheros y los armarios biblioteca (uno para cada turno). 

Las señoritas usaban guardapolvos con un solo tablón adelante, amplios, prendidos atrás, largos hasta la mitad de pierna. Las niñas con muchas tablitas y cinturón con moño; los varones, con una sola tabla a cada costado y cinturón prendido con un botón, bastante almidonado, pero, para el miércoles ya los teníamos blanditos. Los recreos eran momentos mágicos, al sonido de la campana salíamos en orden; en los dos primeros recreos, los alumnos más grandes iban al parque con juegos y a la cancha de fútbol; los más chicos en el patio, rondas, salto a la cuerda, rayuela, bolillas o payangas, según la época del año. Los últimos recreos, eran con otra organización para que todos disfrutemos de los juegos del parque (los más deseados). 
La vida va pasando en la escuela, en la casa, en el barrio. Pueblo Alegre es un crisol de culturas aportadas por españoles, italianos, belgas, árabes, judíos, alemanes, rusos, polacos, mestizos, aborígenes y también de otras provincias argentinas. Güemes y Brown era un punto de encuentro a la tarde; cerca de las 5, estábamos atentos para ver pasar a las maestras corriendo para volver a Concordia en el tren. Algunos chicos ayudaban con los portafolios y ellas iban rápido y saludándonos. Después de ese paso, nos agrupábamos para jugar en algún patio o en las veredas; con las muñecas, repitiendo las rondas de la escuela; a la rayuela, trazábamos en la tierra; los varones, pelota y bolilla. 

En esos años, que no había luz eléctrica, volvíamos mas temprano a casa. Allí, estaban con la ceremonia del encendido de luces: farol (algunos lo llamaban sol de noche) y lámparas, todo muy delicado y no permitido para los niños. Una vez encendidos, buscábamos un lugar para hacer sombras en la pared, después el baño, la cena, armar los portafolios (cuadrados con bolsillos) para que no falte nada. La familia ferroviaria era cuantiosa, había casas de familia que preparaban comida para trabajadores que vivían solos; otras alquilaban habitaciones en los hoteles más importantes pertenecientes a las familias Imoverdoff, Zacarías y Terra, que estaban frente a la Estación del Ferrocarril. Serena y feliz la infancia pasaba. 

Los olores de la primavera estaban y están desde hace setenta años, en la esquina de Güemes y Brown. Ahí el colchón de madreselvas, con el que nos coronábamos o preparábamos los ramitos para entrar a la Novena de María los diciembres (también los hacíamos de margaritas -huevos fritos-) cantando: Venid y vamos todos/ con flores a porfía,/ con flores a María/ que madre nuestra es... Nuestros juegos de verano se alargaron más con la llegada de la electricidad. En nuestra esquina jugábamos bajo el débil halo de la lámpara de la calle: La Farolera, Antón Pirulero, Sobre el puente de Avignon, Mantantirulirulá eran nuestras canciones y juegos preferidos. Jugábamos juntos hasta que venían a buscarnos. Los domingos... misa, almuerzo, y a las tres de la tarde el sonido de la sirena para la matiné del cine del Club Ferrocarril, un sonido penetrante que se escuchaba desde lejos, y otra vez, la estampida de niños por la Güemes pero hacia el Oeste. Con el final de la escuela primaria, que era final de las infancias, comenzaba la etapa mas difícil en la vida de las personas. 

Las infancias terminan pero las vivencias permanecen en la gente. Esas infancias han construido hombres y mujeres que se fueron o están; si se han ido jamas olvidarán los pasos que dieron allá, si permanecen siguen dando su vida, sus vidas que hacen que Federal haya sido y sea el crisol de culturas que encontrarán en los apellidos que son parte del reparto de mi velada y vivida pelicula. Me sigo meciendo, no me quiero dormir… 

Reparto de las familias de Pueblo alegre en este relato: - Vale, Alcibíades - Aguirre, Petrona - Gatica - Kindernech.- Churchil - Vale, Juan - Giménez - Velazquez.- Aguirre, Juan - Vasinger.- Rivarola - Salina- Gutierrez- Yusef.- De laMadrid - Gotig- Pedemonti - Sanchez, Oscar.- Garate - Ponce, Leonardo.- Santini - Colombani.García - Sanchez Catalina.- Salvatella - Carducci.- Cis -Ponce, Leopoldo.- Gomez. Autora: Mimí García

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