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100 años atrás

EN DILIGENCIA A FEDERAL

(Publicado en la edición Nº 37 de La Calle – 17 de mayo de 1970)
Colaboración de H. E. Aramburo

Enero de 1909. Caluroso y seco.
Yo debía viajar a la Villa de Federal en diligencia. Así eran llamados unos carruajes de cuatro ruedas, cubiertos, con una portezuela en la parte posterior y dos estribos de hierro para facilitar la subida y el descenso de los pasajeros. Dentro del vehículo, a los costados y a lo largo del coche, estaban instalados los asientos, más o menos para cuatro personas por sector. Afuera, en el pescante y junto al mayoral, a veces viajaban dos personas si, por razones de número, no tenían cabida en el interior. En general, por cada viaje, la diligencia llevaba entre diez y doce pasajeros. La mayoría la componían mujeres, por cuanto los hombres usaban el caballo.

El techo del carruaje estaba reforzado en su construcción pues allí se acomodaba el equipaje y los paquetes del correo.

La diligencia era un vehículo sólido, en condiciones de afrontar la dura travesía. Lo arrastraban nueve o diez yeguarizos atados en tandas de tres, por lo cual, en la parte delantera y en otro animal, iba montado el postillón. Era éste un robusto mozalbete de doce o catorce años, cuya principal misión consistía en conducir al carruaje por la buena senda de los accidentados callejones.

Entre el postillón y el mayoral, que llevaba las riendas en el pescante, se entablaba un diálogo a gritos para entenderse y cumplir tan riesgosa misión. A veces, por el ruido del tropel que apagaba las voces, el mayoral usaba su corneta, que colgaba al alcance de su mano en el techo del pescante. Esta corneta era una guampa de vacuno, en muchas ocasiones labrada a cuchillo con figuras gauchescas. Su tono era vibrante y sonoro, como una especie de clarín un tanto ronco. Dependía de la habilidad con que el mayoral ejercitaba sus dotes musicales o daba órdenes al postillón, para agudizar su sonido estridente y limpio.

La agencia o lugar donde se reunían los viajeros estaba ubicada en un solar de las calles Urquiza y Alberdi, actualmente ocupada por una estación de servicio. En medio del terreno se levantaba un rancho de adobe y techo de paja de dos aguas, donde no sólo se guardaban los arneses y recados de los animales sino también los bultos de los pasajeros, baúles, canastos y paquetes que se arreglaban en el techo de la diligencia antes de partir.

Como yo vivía un poco alejado (en el barrio del Saladero Grande) vine hasta el lugar de partida durante la tarde anterior. Junto a otros parroquianos, dormimos con los peones en el piso natural del rancho.

Alrededor de las dos de la mañana ya todo era movimiento y se habían enganchado los yeguarizos. Todos respondían al llamado del mayoral pues era la máxima autoridad. Él revisaba y controlaba todo hasta llegado el momento de emprender el largo viaje. En esta oportunidad, unas diez personas, entre grandes y chicos, completábamos el pasaje.

Aproximadamente a las tres de la mañana salimos de la agencia entre gritos y despedidas. El mayoral la emprendió con su corneta de guampa y, como anunciando que nos marchábamos, durante muchas cuadras dejó oír sus arabescos y estridencias, hasta que prontamente salimos de la población dormida para entrarnos en esos callejones oscuros y solitarios. El tropel de la caballada y el rodar de la diligencia retumbaban en las inmensas soledades y anunciaban su paso. Y no eran pocas las sacudidas a que se sometía el pasaje. El camino era en general muy accidentado, y sólo circulaban por él las diligencias, los paisanos en sus caballos y, a veces, alguna tropa de ganado.

Y tuvimos nuestro accidente. Apenas había despuntado el sol cuando, cruzando un gran arenal del camino, la diligencia tumbó, quedando sobre su costado derecho con las dos ruedas izquierdas al aire.

Fue un momento de susto y de desorden. Gritos y pisotones dentro del carruaje, con la fortuna de no haber ninguna contusión de importancia y la no menos importante de que el vehículo tampoco había sufrido rotura alguna. Repuestos de la primera impresión, se desocupó totalmente el coche y, hasta con cierta facilidad, se lo enderezó, de modo que muy pronto estuvimos nuevamente en camino.

En la primera posta nos aguardaban ya con los animales de refresco. Era un rancho perdido entre la tupida arboleda a la vera de la ruta. En pocos minutos todo estuvo listo para seguir rodando. El sol ya hacía sentir su calor y la polvareda del camino quedaba atrás como una nube gris

Al promediar el día nos encontramos con otra posta y nuevamente se hizo el cambio de los animales. El mayoral anunció que nos detendríamos una media hora, para merendar y echar un trago. En el rancho de la posta, un criollo tenía un casco de vino común, alguna bolsa de galletas, unas latas de sardinas; todo esto constituía el surtido del hospedaje.

La media hora pasó y nuevamente estuvimos rodando, ya con mucho calor, sol ardiente y tiempo seco.

Alrededor de las cuatro de la tarde, bastante cansados, la corneta anunció la llegada a la villa. Fuimos a parar en una esquina, frente a un potrero alambrado destinado para la plaza. Estábamos en el hotel de doña María, viuda de Anzoátegui, donde esperaban los familiares de los que llegaban. El cartero del pueblo desató el mazo de piezas del correo y comenzó a repartir la correspondencia, que ya esperaban algunos vecinos, como así también paquetes de encomiendas.

En contados minutos todo quedó solucionado, retirándose los viajeros con sus familiares y dando muestras del duro andar durante trece horas, llenos de tierra pero satisfechos de haber cumplido la jornada.
Por aquella época, cuando se pensaba hacer un viaje a Villa Federal, se decía que se iba a donde «el diablo perdió el poncho». Efectivamente, eran malos caminos perdidos entre montes de espinillos, algarrobos, ñandubays, carandaes, sin poblaciones, sin ganados, sin siembras. En el trayecto se encontraban carros o carretas tiradas por bueyes que hacían el transporte de mercaderías, únicos signos de vida humana, después de las postas, en aquellas soledades.

Recuerdo haber escuchado comentarios de mis mayores en el sentido de que por el año 1880, siendo gobernador de la provincia el general Racedo, se ofrecieron tierras fiscales en la zona de Villa Federal a cinco pesos la legua cuadrada, con facilidades de pago. Pero como el lugar era por «donde el diablo perdió el poncho» fueron muy pocos los interesados. Alguno que dispuso «tirar» veinte pesos, pagaderos en cuotas mensuales, seguramente no pensó que dejaba a sus descendientes lo que en la actualidad resultó una fortuna.

(Extraído del Sitio Histórico De La Concordia) - Concordia, Entre Ríos.-

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